El rito de la pascua en Iztapalapa es imponente, un elegido exhala una energía que concentra la devoción de dos millones de personas en un solo lugar, es ahí, cuando el dogma alcanza su glorificación.
Un tiempo próximo a la muerte es lo que se vive, una cruz, látigos y espinas aparecen frente a la multitud, la sangre del condenado fluye y la beben, la carne flagelada cae en pedazos y la comen, un éxtasis voraz se organiza y luego... la calma. La lluvia ocurre como está escrito, el Cristo muere, todos lloran sin tregua.
Nadie puede negar que un poder religioso existe independientemente de juicios personales. Es tan lleno de fortaleza, que ha dividido nuestro tiempo. Para los religiosos el rito es necesario, traspasa las fronteras de la vida, transforma este mundo irrecuperablemente corrupto, en una vida póstuma de dicha y regocijo eterno. Para los paganos suena complicado, piensan que pretender creer en lo que sea es suficiente, aparentan ser libres, cuando en realidad están aterrados.
¿Estás dispuesto a entregar tu vida en la tierra a cambio de otra orgásmica vida en la eternidad? o, ¿prefieres integrarte a esta audaz existencia apócrifa que es la única de la que puedes estar seguro?


